Jaime I “el Conquistador” fue engendrado gracias a una mentira

Los primeros años de vida de una de las figuras más importantes de la Corona de Aragón, Jaime I (1208-1276), conocido como El Conquistador, fueron tan convulsos y difíciles como su propia concepción. El que terminaría siendo rey de Aragón, de Valencia y de Mallorca, conde de Barcelona y de Urgel y señor de Montpellier fue engendrado gracias a las confabulaciones e intrigas de la nobleza y el clero, que andaban temerosos de no contar con un heredero legítimo para la corona, ya que el rey Pedro II “el Católico” -padre de Jaime- repudiaba a su esposa María de Montpellier “Nostre pare el rey en Pere no volia veure la reyna nostra mare” (Llibre dels feyts del rei en Jacme o Crónica de Jaime I, siglo XIII), y era tremendamente proclive a los escarceos amorosos. 

Aprovechando tal debilidad, se citó al monarca Pedro II en la villa de Miravalls para disfrutar de una noche de lujuria junto a una de sus amantes, sin percatarse, cegado por la oscuridad de la noche, que la mujer que se encontraba en su lecho era su propia esposa. Al amanecer, el rey descubrió que todo fue un engaño y entró en cólera, huyendo del lugar. 


Como resultado de aquella orquestada mentira, María quedó encinta del futuro rey Jaime I “E aquella nit que amdos foren en mirauall volch nostre señor que nos fossem engenrats” ( Llibre dels feyts del rei en Jacme, siglo XIII), produciéndose su nacimiento a principios de Febrero de 1208, en Montpellier. Regresando al Llibre dels feyts del rei en Jacme -crónica de la vida de Jaime I que él mismo dictó- conocemos que María encendió doce velas del mismo tamaño y escribió el nombre de un apóstol debajo de cada una de ellas. Del cirio que más tiempo alumbró, en el que se leía Santiago -Jaime es una de sus variantes-, se tomó el nombre para el futuro rey de Aragón (“E feu fer dotze candeles […] e acadahuna mes fengles noms dels apostols. E promes a nostre señor que aqtta que pus duraria aquell nom hauriem nos e dura mes la de sent Jaeme […] e perla gratia de deu hauem nos nom en Jacme.”). 

La relación de Jaime con su padre fue prácticamente inexistente, produciéndose su primer y último contacto al ser enviado, con tan sólo tres años de edad, a la corte del cruzado Simon de Montfort, para que permaneciera bajo su tutela hasta los dieciocho años y se casara con su hija llegado el momento, sellando, así, un pacto que evitara la guerra en los condados occitanos. Dos años después, en la Batalla de Muret, Pedro II murió a manos del propio Simon de Montfort, quedando retenido -casi secuestrado- el joven Jaime en los dominios del asesino de su padre. El Papa Inocencio III obligó al cruzado a entregar al infante a la nobleza aragonesa y catalana, el cual fue llevado al castillo templario de Monzón (Huesca) para su instrucción.
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