La historia de Eugenia Martínez Vallejo “la Monstrua”

Nacida en Bárcena (Cantabria), en la segunda mitad del siglo XVII, la niña Eugenia Martínez Vallejo, que con tan sólo un año de edad pesaba más de dos arrobas (cerca de veinticinco kilos), fue llevada a la Corte del “hechizado” rey Carlos II por sus padres, sabedores de la excéntrica afición palaciega de rodearse de personas que sufrían algún tipo de dolencia física o psíquica (enanos, bufones, etc.), quizá para disimular las suyas propias o, simplemente, como mero divertimento. 

A los seis años, superando las seis arrobas (casi setenta y cinco kilos), la descomunal Eugenia comenzó a vivir en el Real Palacio del Alcázar de Madrid, convirtiéndose en un personaje tan conocido por su robustez, que la población le añadió el cruel sobrenombre de “la niña monstruo de los Austrias”. 


Para hacernos una clara idea de las proporciones de la muchacha, nos remitimos a la descripción que hizo el cronista de la época Juan Cabezas: “Eugenia era blanca y no muy desapacible de rostro, aunque lo tiene de mucha grandeza. La cabeza, rostro y cuello y demás facciones suyas son del tamaño de dos cabezas de hombre, su vientre es tan descomunal como el de la mujer mayor del mundo a punto de parir. Los muslos son en tan gran manera gruesos y poblados de carnes que se confunden y hacen imperceptible a la vista su naturaleza vergonzosa. Las piernas son poco menos que el muslo de un hombre, tan llenas de roscas ellas y los muslos que caen unos sobre otros, con pasmosa monstruosidad y aunque los pies son a proporción del edificio de carne que sustentan, pues son casi como los de un hombre, sin embargo se mueve y anda con trabajo, por lo desmesurado de la grandeza de su cuerpo”.

En 1680, Juan Carreño de Miranda, pintor de cámara del rey, realizó dos retratos de Eugenia -actualmente se conservan en el Museo Nacional del Prado- por expresa orden de Carlos II, uno en el que aparece totalmente desnuda simulando a Baco, con varios racimos de uvas y hojas de vid que ocultan su sexo; y otro en el que se la representa ataviada con un elegante vestido de brocado rojo y botonadura de plata, que el propio monarca le regaló. En ambos cuadros, conocidos como “La Monstrua Desnuda” y “La Monstrua Vestida”, se puede observar la tristeza que reflejan los “achinados” ojos de la pobre niña. 

En la localidad asturiana de Avilés, lugar de nacimiento de Juan Carreño de Miranda, existe una estatua en bronce de Eugenia Martínez Vallejo basada en el lienzo de “La Monstrua Vestida”, en honor al pintor.

La obesidad mórbida, el hambre insaciable, un ligero estrabismo y otros trastornos que sufrió Eugenia podrían ser síntomas, según las últimas investigaciones, del síndrome de Prader-Willi, una enfermedad genética que la llevó a la muerte a los veinticinco años.
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