El Greco llegó a España tras ser expulsado de Roma

Doménicos Theotokópoulos (1541-1614), más conocido como El Greco, pasó los primeros años de su vida en Creta, la tierra donde nació, aunque pronto se desplazó a Venecia, en 1567, para ampliar sus conocimientos y completar su formación. 

A finales de 1570, el destino le llevó a Roma. La llegada del pintor cretense a la Ciudad Eterna la conocemos gracias a una carta de Giulio Clovio (miniaturista croata) al cardenal Alejandro Farnesio, en la que le comunica que “ha llegado a Roma un joven candiota, discípulo de Tiziano, que a mi juicio figura entre los excelentes en pintura”, y le pide que le de alojamiento en su palacio. 


La petición fue aceptada, y Doménicos residió en el palacio del cardenal hasta que ingresó, dos años después, en la Academia de San Lucas, comenzando su andadura como pintor independiente. 

A partir de este momento, la documentación sobre la vida de El Greco es muy escasa, encontrándose, únicamente, el testimonio del médico Giulio Mancini en sus Considerazioni sulla Pittura (1614-1620), donde se narra una anécdota según la cual el Papa Pio V deseaba cubrir algunas figuras de El Juicio Final de Miguel Ángel (Capilla Sixtina) por considerarlas indecentes, y el propio Greco “prorrumpió en decir que si se echase por tierra toda la obra, él podía hacerla con honestidad y decencia y no inferior a ésta en buena ejecución pictórica”. Esta afirmación, según Mancini, provocó la indignación de todos los pintores y los amantes de la pintura, y creó una situación que obligó al Greco a marchar a España. 

Aunque este relato es considerado una invención por algunos historiadores, lo que si es cierto es que El Greco no sentía demasiado aprecio por la obra de Miguel Ángel, dando cuenta de ello Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, que habló de como se escandalizó al oírle criticar la capacidad pictórica del genio italiano (“era un buen hombre y no supo pintar”).

Sea como fuere, Doménicos Theotokópoulos, nombre con el que siempre firmó sus cuadros, llegó a Toledo en 1577, permaneciendo en la Ciudad Imperial hasta su muerte.
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