Eclipse de Sol en la batalla de Simancas

La afrenta del rey de León, Ramiro II “el Grande”, al tomar posesión de la Zaragoza musulmana con el consentimiento y complicidad del caudillo tuyibí rebelde a Córdoba, Abu-Yahya -conocido en las crónicas cristianas como Aboyaia-, no quedaría sin una respuesta contundente por parte del todopoderoso Abderramán III, que, como primera medida, cercó la actual capital aragonesa y rindió rápidamente la plaza, exigiendo, como muestra de fidelidad, que Aboyaia y sus tropas combatieran junto a él. Pero, ¿dónde se dirigía a batallar ahora el gran califa cordobés? Abderramán III, profundamente enfadado con el monarca leonés por sus últimas incursiones en terreno sarraceno, pretendía asestar un golpe definitivo en el corazón del reino cristiano del norte: derribar Zamora, ciudad clave en la repoblación de las tierras del Duero y puerta de entrada hacia el interior de León. Para ello, organizó la denominada “Campaña del Supremo Poder”, reuniendo un número -bastante verosímil según los historiadores- de cien mil hombres, llegados desde todas las provincias de Al-Ándalus, incluyendo el norte de África, que acudían a la llamada de la yihad, la guerra santa contra los infieles politeístas, situándose el mismo califa al frente de sus huestes. Pero antes debían salvar la fortaleza de Simancas.


El 19 de julio de 939, mientras las fuerzas cristianas, que reunieron todo lo posible (leoneses, castellanos, gallegos, asturianos, navarros y aragoneses), y las musulmanas se posicionaban en las mediaciones de Simancas, la luna hizo desaparecer al astro rey y el día se volvió noche. Se trataba, efectivamente, de un eclipse de sol, que comenzó aproximadamente a las siete de la mañana y se alargó durante una hora.

De entre las crónicas cristianas, la Najerense lo narra así:
“Entonces Dios mostró una gran señal en el cielo y el sol se volvió en tinieblas en todo el mundo por espacio de una hora del día. Nuestro rey católico, al oírlo, dispuso marchar allá con un gran ejército.”

La crónica árabe de Kitab al-Rawd dice:
“Encontrándose el ejército cerca de Simancas, hubo un espantoso eclipse de sol, que en medio del día cubrió la tierra de una amarillez oscura y llenó de terror a los nuestros y a los infieles, que tampoco habían visto en su vida cosa semejante. Dos días pasaron sin que unos y otros hicieran movimiento alguno.”

Para unos, los cristianos, el eclipse se convirtió en una señal divina, ya que consiguieron aguantar el envite de los sarracenos y masacrarlos en su retirada hacia zona segura -la inmensa mayoría de las bajas se infringieron en el desconocido lugar de la Alhándega-; para los otros, los musulmanes, sin duda lo tomarían como un mal augurio, puesto que la catástrofe de Simancas resultó ser la mayor derrota sufrida por los cordobeses hasta ese momento. De hecho, Abderramán III escapó de la muerte por muy poco y jamás volvió a encabezar sus mesnadas en una batalla.
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