Un espía asesino a Ramiro I de Aragón

Nadie pudo imaginar, y menos el propio Ramiro, hijo primogénito, aunque de condición ilegítima, de Sancho III el Mayor, del que heredó el condado aragonés que en tiempos pretéritos formara parte de la Marca Hispánica de Carlomagno y que transformó para sí en reino, que encontraría la muerte tan vilmente como sucedió aquél mes de mayo de 1063. El que fuera primer monarca del Reino de Aragón, un hombre inteligente, ambicioso y capaz, tenía clara la necesidad de expandir sus dominios hacia zonas más prósperas para el cultivo y cuidado del ganado, lejos de las agrestes tierras pirenaicas, y se propuso conquistar Barbastro, paso imprescindible para penetrar en la fértil Hoya de Huesca, aunque antes debería tomar la fortaleza de Graus, una importante plaza perteneciente a la taifa de Zaragoza. El mismo rey moro, al-Muqtadir, sabedor de su valor estratégico, se presentó a la cabeza del ejercito musulmán para defender Graus, llevando consigo un refuerzo de tropas castellanas comandadas por el infante Sancho -el futuro rey Sancho II de Castilla, muerto en Zamora-, que fue enviado por Fernando I de León en obligación de protección por las parias pagadas. Se dice que entre los soldados de Castilla se encontraba un joven Rodrigo Díaz de Vivar, poco después conocido como el Cid Campeador.


La primera acometida de las huestes aragonesas fue soportada con dificultad por las sarracenas y castellanas, que temieron ser derrotadas en la siguiente ola. Mientras Ramiro I, junto a sus generales, trazaba el plan definitivo para conseguir la victoria, entró en la tienda un soldado que vestía como un cristiano y hablaba como un cristiano, en lengua romance, sin levantar sospecha alguna. Cuando aquel guerrero estuvo cerca del rey, esgrimió su lanza y se la clavó en la frente, provocándole la muerte instantáneamente. Ante la pérdida de su gran rey, el ejercito aragonés volvió grupas y se retiró de los muros de Graus. Aunque no seria por mucho tiempo.

El asesino infiltrado, llamado Sadada o Sadaro, era un soldado árabe enviado desde el campamento de al-Muqtadir, cuya misión suicida, puesto que fue degollado en el acto, era la de acabar con la vida de Ramiro I, el primer rey de los aragoneses. Todo un éxito para los zaragozanos.
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