Carlos II de Navarra muerto en llamas

La trágica muerte del rey de Navarra Carlos II (1332-1387), podría suponer el perfecto punto y final a una vida dedicada a la traición, el engaño, la conspiración, los asesinatos estratégicamente ejecutados, la ambición desmesurada; el colofón a una trayectoria plagada más de oscuros que de claros, de infierno que de cielo, de putrefacto que de puro. 


No existe, por tanto, discusión alguna sobre el adecuado -o no- sobrenombre que acompañaría, para siempre, al monarca navarro -aunque más francés por haber nacido en Avreux (Francia) y ser hijo de franceses y nieto del rey Luís X por vía materna-, que fue -y es- el de “el Malo”. Por suerte para nosotros, ese “titulillo” lo sufrirían más en la vecina Francia, ya que lucho lo inimaginable, rara vez desde el honor, para derrocar al legítimo rey Juan II -Carlos llegó a casarse con su hija Juana de Valois- y ascender él mismo al trono, aliándose con unos y los contrarios, incluso con los ingleses, convirtiéndose, por un tiempo, en una pieza importante en la Guerra de los Cien Años -guerra que enfrentó a Francia e Inglaterra y que duró realmente ciento dieciséis años (1337-1453). 

Inmersos en 1379, el karma caería a plomo sobre sus hombros, y finalmente fue derrotado por Carlos V, el nuevo monarca francés, hijo de Juan II, y repudiado por todos, encontrando enemigos donde antes hubo amigos, viéndose obligado a retirarse a Navarra para el resto de sus días. Su funesto final llegaría en 1387, sintiéndose Carlos II “el Malo” profundamente enfermo. Tal crisis de salud le produjo un desmayo, necesitando, urgentemente, del médico de la Corte -algunos dicen que, en realidad, se trató de un conocido doctor de la época llamado Arnau de Villanova-, que buscara un remedio eficaz para sanarle. 

Quizá, el estado del rey fuera de tal gravedad que únicamente un milagro o la magia pudieran ser su salvación. Por ello, la solución que aplicaron, aunque más bien se pudiera tachar de ocurrencia, fue la de un tratamiento singular que consistía en envolver totalmente a Carlos II con paños o sabanas impregnadas de coñac -también se habla de aguardiente-, y coserlas entre sí para que la citada cataplasma realizara mejor su función. 

La desgracia llegó cuando uno de los criados que alumbraba, durante el proceso que debería salvar la vida al rey, dejó caer su lámpara, supuestamente por accidente, sobre los trapos, y el cuerpo del Malo se prendió, envuelto en llamas, hasta terminar calcinado. Nunca se sabrá si una mano negra actuó en la fatídica y flameante muerte del rey de Navarra, aunque enemigos no le faltaban, en absoluto.

Por el contrario, otras fuentes cuentan que Carlos II feneció enfermo en su cama, aunque la versión anterior resulta mucho más interesante.

Le sucedió su hijo Carlos III, llamado “el Noble”, que sería un gran rey.
Siguiente
« Prev Post
Previa
Next Post »